...ojos con un destello artificial en ellos, fijos en la última ráfaga de hilos ascendentes hacia el cielo que mueren en lo alto y se convierten en mil colores, cuando la música cesa.
Acababan de acabar los fuegos artificiales de éste año y yo aun sentía los colores grabados en mis retinas, donde mirara, una calidez de colores me perseguía. Miraba a un lado, a otro, dejándome llevar por las luces y los colores vivos de la feria, sintiendo que mi alma volvía a ser la de una niña. Volví a sentir en mi cabeza mis dos coletas con lazos verdes, mis vestidos con volantes de cuadros, hipnotizada por las atracciones, volví a sentir la mano de mis padres agarradas a las mías, el como, sin saberlo era feliz. Yendo a un lado y hacia otro viendo los puestos, pidiéndole a mis padres otro Piolín para la colección. Ojos con un destello natural, se posaron en la tienda de los peluches y la densa nubla de colores en ellos se disipó, para observar que ya no había ningún Piolín colgado de los estantes y que mi infancia había desaparecido.
Flotando entre la gente, sin que estos notaran mi presencia, siguiendo mi camino, hipnotizada por los colores, mientras me alejaba cada vez más de mis amigos, andando sin cesar. Algo me faltaba al lado en esos fuegos artificiales, algo que mi cuerpo estaba buscando sin cesar por la feria, algo que mis pies sabían donde estaban, mientras, mis ojos se querían nublar más como si al volver a mi infancia intentaran protegerme de algo que estaba apunto de pasar. Mis pies se pararon justo delante de La Barca. Ese barco pirata, que de pequeña me hacía sentir como que podía volar y tocar el cielo, aquella barca que sin esos ojos artificiales solo era una misera atracción, aquella barca que con mis ojos de niña podía surcar el cielo y no hacerme regresar nunca al mundo real.
Pero tuve que caer del cielo, cuando al final la nubla de mis ojos se volvió a disipar, para posarse en las escaleras de la atracción. Mis pies me habían traído hacia... él. Quien estaba en mi corazón, allí al lado de la chica que le gustaba. Sin saber por qué me quedé observando como subía al lado de esa chica, mientras a mi lado, en la tierra, un amigo, observa como mis ojos miraban hacia la atracción mirándole a él, y yo observaba como mi amigo miraba hacia la atracción mirándola a ella.
Ojos con una llama en ellos que se iba haciendo más chica y casi apunto de apagarse. Una llama roja de valentía, que se estaba haciendo una llama fatua apunto de morir...
Sentí una mano en mi espalda, miré hacia atrás y no había nadie, pero sentí que en ese vacío alguien me estaba sonriendo. Miré hacia la atracción y sonreí, mientras daba media vuelta, para seguir mi camino.
Las luces de los puestos volvieron a nublarme la vista, encandilada con las luces de colores que era como una droga que podían hacer calmar y relajar mi alma. Aquellas luces que me acunaron tantas noches de feria que caía rendida en brazos de mis padres. Aquellas luces que me hicieron ir hacia a mis amigos y decirles:
"Por una noche, seamos otra vez niños chicos, con la única y sola preocupación de coger sitio en las atracciones. Por una noche, seamos felices..."
...y pude observar como a mis ojos, ya no eran esos chicos de 14, 15, 16, 17 años... si no, unos niños pequeños, con sus rodillas rozadas, sus coletas y sus algodones de azúcar. -C.S.-
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